Profanadores de tumbas

"...¿No somos de carne y hueso? Es natural que nos rebelemos y horroricemos cuando se nos muestra la carne y los huesos en estado de corrupción y descomposición, con los gusanos pululando por debajo y por encima. Es natural que una historia que trata de un cadáver nos haga estremecer, nos llene de miedo y horror y repugnancia.

¿No somos descendientes de los bárbaros? ¿No habitamos durante un tiempo en altos y siniestros bosques, a merced de las bestias que desgarran y destrozan? Es inevitable que temblemos y nos rebajemos cuando tropezamos en literatura con sombras tenebrosas de nuestro propio pasado. Harpías y vampiros y hombres lobos... ¿qué son sino ampliaciones, distorsiones de los grandes pájaros y murciélagos y perros feroces que hostigaban y torturaban a nuestros antepasados?

Es muy fácil suscitar el miedo manejando tales medios..."


Frank Belknap Long
Mienbro del "Lovecraft Circle"



Este 20 de agosto se conmemora el natalicio de un grande del horror, Howard Phillips Lovecraft. Por tal motivo, les pedí a mis amigos bloggers afines a este escritor norteamericano, para crear virtualmente "La semana de Lovecraft"... o algo parecido.
Un amigo de la casa, Rodolfo Santullo, tuvo la gentileza de compartir con nosotros este aterrador cuento:


Profanadores de tumbas
Otra asombrosa aventura de Kaban, el hombre místico

El Ford T se detuvo frente al pequeño y descuidado jardín que bordeaba las rejas del cementerio. Era un coche con más de diez años de uso, descapotable y de un sucio color gris, pero sus ocupantes no eran acordes al automóvil, todos vestían con gracia y fineza, y por sus modos y costumbres, parecían sobrios caballeros y bella dama.
Del asiento del acompañante descendió Kaban. Era un hombre alto y atlético, más de metro ochenta de estatura y en perfecta forma física. Vestía de negro, una camisa de cuello Mao, pantalones y zapatos, más llevaba sobre su cabeza un primoroso turbante blanco, adornado con un rubí de gran tamaño.
Se detuvo frente al doble portón de hierro y lo encontró cerrado, miró hacía ambos lados, dentro del cementerio, sin ver a nadie.
--Es extraño,—exclamó—el cuidador dijo que nos esperaba casi a la medianoche.
Lentamente, sin prisas, sus tres acompañantes descendieron del automóvil. Del asiento trasero, bajaron un hombre mayor y una bella mujer. El primero, aparentaba unos sesenta años, era delgado y llevaba corto el pelo entrecano. Vestía con sobriedad, un traje marrón oscuro, y usaba gafas con montura de oro. A su vez, se apoyaba en un bastón con una bola de marfil en su empuñadura. Su compañera era su antítesis. Extremadamente hermosa, con no más de veinticinco años de edad, vestía un vestido de seda verde ceñido al esbelto cuerpo y adornaba su cabello, negro como el ébano, con dos largos broches de jade. Calzaba sandalias a la manera oriental.
El tercero de los compañeros de Kaban era un gigantesco individuo que parecía un soldado sin ninguna duda. Casi dos metros de estatura, más de ciento veinte quilos de puro músculo, una larga gabardina gris y una polera negra era su vestimenta. Tenía el pelo gris cortado a cepillo y en sus ojos brillaba una mirada de ojos glaucos, vacíos de toda expresión.
--¿Qué haremos?—preguntó el veterano--¿Nos vamos por donde vinimos?
--Una puerta cerrada no es problema,—respondió Kaban—tú lo sabes, Mendizábal.
Mientras decía estas palabras, apoyó una mano sobre la cerradura. La detuvo allí un momento y el hierro comenzó a ponerse al rojo vivo.
--¿Qué hace?—preguntó la muchacha.
--No en vano, mi querida Iris,—respondió Mendizábal—nuestro amigo se ganó el sobrenombre de “Amo del escape”. Supongo que no hay cerradura que se le resista.
En ese momento, como confirmando las palabras del hombre, la puerta se abrió silenciosamente.
El cuarteto entró sin una palabra, el cementerio estaba completamente a oscuras. Una fría brisa mecía las ramas de los cipreses y una espesa niebla no dejaba ver más allá de dos pasos.
--La garita del cuidador está a unos cien metros a nuestra izquierda.--indicó Kaban—Mendizábal, ve con Iris a ver que retrasó a nuestro cuidador. Yo exploraré un poco junto a Orozco. Iris, ¿qué dicen los espíritus?
La muchacha se apartó un paso, y pareció escuchar los susurros del viento.
--Nada bueno—replicó—dicen que nos espera algo que no está vivo ni muerto, más que es peligroso para ambos mundos.
Kaban asintió impasible a estas palabras. Al prolongarse el silencio, Mendizábal y la muchacha se internaron en la niebla.

Kaban se detuvo junto a una lápida desmoronada. Orozco, pocos pasos atrás, se detuvo al instante, sin perder de vista los senderos del cementerio. El doble portón de hierro aún se enmarcaba a sus espaldas.
Kaban se inclinó hasta casi tocar el suelo. Sus dedos recorrieron la negra tierra y, mientras se ponía de pie, siguió la venas del tronco de un ciprés cercano.
--Este árbol está muerto.—murmuró para sí mismo—Todo está muerto en este lugar.
El grandote no respondió o quizás no escuchó. Parecía perderse entre los murmullos del viento, Kaban lo imitó.
--¿Lo escuchas tú también, no es cierto?—preguntó—Alguien está cantando.
Los dos hombres retrocedieron silenciosamente hasta el portón. Allí esperaron.

La puerta de la garita estaba entreabierta. Con la punta del bastón, Mendizábal la abrió del todo, con precaución. El interior del lugar estaba vacío.
--Nada por aquí, nada por allá.—comentó con una sonrisa—Pase usted, milady.
La muchacha avanzó unos pasos dentro, más se detuvo de improviso. A un costado de una mesa, habían papeles tirados, un vaso roto y manchas oscuras en el piso de piedra.
--Mucho me temo que eso sea sangre,-- dijo el veterano—nuestro amigo el cuidador debe haber sufrido un… percance.
--Los espíritus dicen que están cantando… ¿quienes?—la muchacha una vez más se perdía en una conversación con el vacío. Se detuvo, abruptamente.
--Dicen que corremos peligro.—exclamó, mientras recorría con la vista el lugar.
Ambos se plantaron firmemente en el centro de la habitación. Sus miradas se centraron en un pequeño ventanuco, cuyos goznes rechinaban al moverse por el viento.
De pronto, dejó de moverse.
Dedos largos como garras, grises y marchitos, se introdujeron, como un enemigo, dentro. Una deforme cabeza comenzó a asomarse, cubierta de pústulas y costras de mugre. Finalmente, un redondo ojo amarillo parpadeó, y cruzó miradas con la pareja, que no había atinado a hacer nada.
Ninguno se movió durante unos segundos. Finalmente, Mendizábal, con una agilidad que desmentía el paso de los años, tomó un jarrón de encima de una repisa y lo lanzó sobre la incipiente cabeza, estrellándolo junto al marco de la ventana.
La cabeza desapareció al instante.
--¿Qué era eso?—preguntó Iris, con un temblor en la voz.
--No lo sé. Y la verdad es que no tengo ninguna prisa en averiguarlo.—respondió Mendizábal—Vamos querida.
Los dos salieron de la garita, Mendizábal empuñando fírmente su bastón y volvieron junto a la puerta.

Allí celebraron un breve coloquio, susurros perdidos entre la niebla.
--Hecho número uno:—decía Mendizábal—han desaparecido decenas de cuerpos de varios cementerios de la localidad. A mayor antigüedad de los camposantos, mayor es el número de tumbas profanadas.
Sus tres interlocutores escuchaban en silencio.
--Hecho número dos:--prosiguió el veterano—este cementerio, por tener casi tres siglos de edad, es el que más ha sufrido estos ataques. También es en el único que se han encontrado restos de los cadáveres desaparecidos, indicando que los profanadores son antropófagos.
Ninguna reacción a estas palabras, salvo una pequeña mueca de disgusto en Iris.
--Hecho número tres:-- concluyó Mendizábal—ante una completa ineficacia por parte de la policía, el ministro de Defensa nos a pedido investigar. Sin embargo, la cita concertada para esta noche en este lugar, no ha podido ser llevada a cabo a falta del cuidador, Dios sabe donde ha ido a parar.
A lo lejos, resonaron las campanas de una iglesia indicando la medianoche.
--Las doce,—sonrió el veterano—la hora de las brujas.
En el silencio consecuente, comenzaron a oírse, mezclados con el susurro del viento, suaves cánticos, hipnóticos y constantes, que parecían surgir bajo tierra.
--¡Cáspita!—se sobresaltó Mendizábal—Hasta yo los escucho ahora.
El canto se elevó, y las notas se hicieron más rápidas. Era un sonido que carecía de armonía y ritmo, era una cadencia, gutural e indetenible, que se volvía cada vez más cercana.
Iris comenzó a temblar.
--¡Ellos vienen!—gritó, los ojos en blanco.
Se hizo nuevamente un silencio. De repente, como si hubiera estallado algo, el suelo retumbó. De las criptas, panteones, incluso de las mismas tumbas, comenzaron a salir cientos de seres. Eran menos que humanos sin ser bestias. Seres tan despreciables que no habían sido aceptados por el reino animal. Esqueléticos y torpes, con algo bestial en sus movimientos, deformes, horribles, comenzaron a acercarse al portón, gruñendo y pegando alaridos.
--Ghules—exclamó Kaban, al verlos.
--Los devoradores de cadáveres—agregó Mendizábal—era evidente, una vez que lo piensas.
--¡Los espíritus dicen que son miles!—chilló Iris.
Sus palabras fueron ahogadas por una ráfaga de disparos. Orozco había avanzado unos pasos y de abajo de su gabardina, había empuñado una ametralladora Thompson, haciendo gala de gran puntería. Ante tal impulso destructor, los seres se detuvieron, siendo masacrados por el aluvión de balas, más el gigante no se detuvo. Continúo disparando, logrando transformar los amenazadores gritos de los ghules en chillidos de horror.
--Nunca hubiera creído que llegaran tan cerca del mundo civilizado.—comentó Mendizábal.
--Algo ha sucedido,-- respondió Kaban—nunca se han atrevido a tanto.
La cantinela de muerte seguía sonando. Orozco cambiaba los cargadores de la Thompson a medida de que se vaciaban y seguía ejecutando sin misericordia a los seres que aún no se habían decidido a huir. Los ghules se habían reagrupado en pequeños grupos e intentaban superar ese muro de plomo y muerte, pero a cada osado intento se encontraban con Orozco, quien rodeaba a sus compañeros como un sólido campo protector.
--¿No deberíamos hacer algo?—preguntó Iris—Orozco comienza a quedarse sin balas.
--Alcanzarán.—respondió Kaban—Mendizábal, en el auto, en la valija, tengo un libro, “Los fragmentos de Celeno”. Si no me equivoco, existen un par de fragmentos que nos servirían para esta ocasión.
--Más serviría “De vermiis mysteriis”, o aquella edición en latín del “Necronomicon” que se perdió hace un par de años.
--No me lo recuerdes.
--Lamento interrumpir—insistió Iris—pero realmente Orozco comienza a estar en problemas.
Efectivamente, la Thompson ya había dejado de disparar. Sin embargo, había hecho bien su trabajo. Apenas si quedaban media docena de engendros en pie, el resto, o yacía tirado destrozado en el suelo o había retrocedido bajo tierra nuevamente. Pero los que aún estaban enteros, percatándose de la situación del defensor, se lanzaron en un último y desesperado ataque. Orozco, al contrario de lo que se esperaba, corrió hacia ellos a su vez, empuñando dos enormes pistolas automáticas que salieron quien sabe de donde. Disparó a diestra y siniestra, haciendo blanco con cada una de las balas. Sólo dos de los ghules lograron evitar la lluvia de fuego. Uno de ellos comenzó a retroceder, aterrorizado, más el otro se agazapó y chillando agudamente, saltó sobre el hombre. Orozco lo recibió golpeándolo con la culata de una de sus pistolas y, una vez en el piso, le hundió el cráneo con otro poderoso golpe, dejando como resto un fétido cuerpo. El ghul restante tampoco logró escapar, ya que Orozco le acertó dos disparos cuando intentaba entrar en un panteón.
--En la valija está el libro, entonces.—repitió Kaban—Junto a mi espada.
--¿La traigo también?
--No será necesario.

Ahora se reunieron en la entrada del panteón por el que el ghul había intentado su infructuoso escape. Kaban probó el farol a mantilla que cargaba y ya lo dejó encendido. Se colocó un sacón de cuero negro, y llenó de velas los bolsillos del mismo.
--Esto será suficiente.—exclamó.
--¿Realmente no quieres que te acompañemos?—preguntó Iris.
--No, allá abajo sólo servirían de estorbo.—respondió secamente Kaban. Se guardó el libro bajo el brazo y, con un leve gesto de despedida, desapareció por la entrada del panteón.
--Ahora lo ves, ahora no lo ves.—comentó Mendizábal, con una mueca burlona.

La entrada ya era tan oscura como la boca de un lobo. Kaban descendió por una escalerilla metálica, escoltada a ambos lados por dos pilas de féretros agrietados. El fondo del panteón estaba cubierto de polvo y telarañas. Kaban lo recorrió cautelosamente, con mucho cuidado acerca de donde pisaba. Encontró una entrada, apenas si un agujero en el suelo, hacia el final. Se puso en cuclillas y espió dentro. No se veía nada, pero muy levemente, alcanzó a oír los cánticos, que comenzaban a repetirse.
Se dejó caer por la hendidura. Tocó fondo casi dos metros más abajo, donde a duras penas consiguió mantener el farol encendido, ya que no corría una gota de aire. Siguió el camino, que descendía más y más, sabiendo que cada vez encontraría menos oxígeno, a medida que avanzara. Los cantos se hacían más fuertes a cada paso.
Llegó hasta una cámara de unos tres metros de altura. Allí encontró restos de cuerpos, añejos la mayoría aunque alcanzó a distinguir un uniforme azul ensangrentado, propiedad del pobre cuidador seguramente, y pedazos de ataúdes. La única forma de seguir avanzando era arrastrarse por un túnel de unos escasos cuarenta centímetros de diámetro.
Se quitó el sacón y guardó una media docena de velas en su cinturón, a las que agregó una gruesa tiza blanca. También enganchó allí el libro. Se encasquetó firmemente el turbante y comenzó a arrastrarse, empujando el farol por delante. Se movió de esta manera durante unos quince metros, quedando cubierto de polvo y tierra, hasta que el farol se apagó de manera definitiva. Con un esfuerzo, logró dejarlo atrás y siguió avanzando en la más absoluta oscuridad. Los cánticos sonaban pocos metros más allá.
Finalmente abandonó el túnel, saliendo a una nueva cámara, esta vez de proporciones gigantescas. Todo el lugar estaba alumbrado por una sobrenatural fosforescencia. Kaban se pegó a una de las paredes, quedando prácticamente invisible, era tal su suciedad luego de haber recorrido tal camino. Logró trepar hasta una especie de meseta, desde donde dominaba la cámara, cuyas dimensiones no hacían más que ampliarse.
Un ritual se celebraba abajo. Un incontable número de ghules se entremezclaba al ritmo de los cánticos, en una demencial y desenfrenada orgía. Debían ser varios miles. Las paredes de la cámara estaban adornadas por símbolos desconocidos para la lengua humana y se habían practicado pinturas de extraños seres, horribles a la vista. Los cánticos cada vez ganaban más intensidad.
Kaban se desentendió del asunto. En esa misma meseta no tardó en dibujar un pentágrama en el suelo con la tiza, ubicándose él en el mismo centro. Aprovechando la fosforescencia, comenzó a buscar los pasajes útiles en el libro.
--Es inútil lo que hagas, brujo, sea lo que sea.—se escuchó una voz.
Kaban dio un salto y en su mano brilló una extraña roca, muy similar al rubí de su turbante. De entre las sombras surgió un ser. Era similar a los ghules, pero mantenía formas humanoides, tales como cabello, una mano casi normal, y una expresión humana en el rostro. Sin embargo, toda su piel parecía descascararse y tenía una desagradable tonalidad gris. Un asqueroso olor fétido precedía su presencia.
No hizo ningún ademán amenazador, más Kaban siguió manteniendo la roca en alto.
--Es la hora, brujo, la hora de que retomemos nuestro lugar.—continúo el engendro, detenido ahora en la penumbra.
--Tú no eres como ellos,-- replicó Kaban—tú fuiste humano.
--En poco tiempo sólo seré uno más, brujo.
--Peor para ti.—lo ignoró Kaban, dejando la roca en el suelo, le dio la espalda al ser y siguió leyendo el libro. El ser permaneció inmóvil.
--Arriba puedes ser muy poderoso, brujo, más aquí no eres nada.—agregó con una voz helada.
Kaban había encontrado lo que buscaba. Colocó las seis velas a su alrededor y las encendió, chisporrotearon un poco, más permanecieron encendidas.
--Domine bastardem prolis—la voz de Kaban se elevó por encima de los cánticos—Ignia amber dullen.
La fosforescencia creció en intensidad, abajo los cantos se habían interrumpido y el silencio era total.
--Shubb Niggurath acceptia mortis. Shubb Niggurath condetia mortis. Shubb Niggurath pretentia mortis.
Las seis velas flamearon, y sus llamas alcanzaron dimensiones impresionantes.
--Seis veces dicho. Seis veces atado. Seis veces condenado.—concluyó Kaban.
Las seis velas se apagaron al unísono.
Desde abajo se escucharon alaridos de furia y dolor. Los seres comenzaron a correr en todas direcciones, destruyendo las paredes de la cámara, acabando tanto con caracteres como con dibujos. Chocaban unos con otros, presa del más increíble frenesí. Era una vorágine de furia.
--¿Qué has hecho, brujo?—preguntó el ser todavía humanoide, quien no parecía compartir el estado de los demás ghules.
--Los he expulsado de manera permanente de este lugar,-- respondió Kaban—todos deberán partir ahora mismo.
--¿Por qué te niegas a aceptarlo, brujo? Esto es tan sólo el comienzo. Pronto seremos más, y regresaremos para reclamar el mundo que es nuestro por derecho.
--Allí nos volveremos a ver, entonces.
--Siempre habrá otros cementerios… y tú no eres inmortal.
--Cuidado. Ten en cuenta que sé quien eres y sé también quien fuiste. Me abstendría de proferir cualquier tipo de amenaza…
Esta última frase pareció afectar al ser. Cruzó miradas con Kaban durante un momento y finalmente se perdió en las sombras. Abajo el caos parecía haber terminado, los ghules comenzaban a perderse en centenares de túneles y grietas, dejando en el lugar a los caídos durante la revuelta. Parecían rígidos y mareados, chocaban aún unos con otros, ya sin violencia, y contra los muros. Pronto, no quedaba ningún ser en la cámara, ni a la vista.
Kaban echó un último vistazo al lugar, tomó la roca del suelo y la guardó, luego volvió a la superficie.
El ser humanoide volvió a la meseta. Contempló el túnel por el que Kaban había partido. Parecía pensativo. Finalmente, bajó hasta la cámara y se perdió por una grieta, siguiendo a sus compañeros.


Rodolfo Santullo
Ciudad de México
Marzo de 2002

9 comentarios en la red:

El Antihéroe dijo...

Muy bueno el cuento. Felicitaciones a Santullo y gracias por compartir Parker. Saludos y a ver como sigue la semana de Lovecraft. YO.

rocker dijo...

Qué tal Peter? Hacía tiempo que no pasaba por acá.
Excelente cuento! Me recuerda a las vieja historietas de Kalimán que publicaban los mexicanos hace tiempo, pero mejor realizado y no tan naif.
Sin embargo se me plantea una duda: en qué época está ambientada la historia?
Tanto el clima evidentemente lovecraftiano, como algunos elementos descriptos (el Ford T, la Thompson, el farol...) sugieren que la misma se desarrolla en las primeras décadas del siglo pasado, presumiblemente antes del ´40. Si ése es el caso, creo que hay un anacronismo cuando se describe a Kaban vistiendo "una camisa de cuello Mao", ya que lo que hoy conocemos como "cuello Mao" fué denominado así pasada la mitad de siglo.
Salvando ese único y pequeñísimo detalle, repito que el cuento me pareció excelente, y bien haría el amigo Rodolfo si continuara las aventuras de Kaban, ya que me dejó con ganas de más. Tan bueno está que hasta me dió ganas de dibujarlo.

Salu2
ROCKER

Belerofonte dijo...

Rocker, es ud un observador de primera, ya que Kaban ciertamente está inspirado en Kaliban, pasado por el tamiz de Lovecraft. Y tiene ud mucha razón, para la década del 20 (donde imagino esta historia) la definición "cuello mao" queda fuera de lugar.
En cuanto a escribir otra historia con los personajes, era mi plan inicial (hacer una saga, incluso), pero luego la vida me llevó por otros rumbos. Ahora, 7 años despues, me da no se qué retomarlo. Pero quien le dice...
Ah, gracias por las felicitaciones Antiheroe.

Peter Parker dijo...

Muchas gracias por la visita Antihéroe y no hay 2 sin 3... usted me entiende ;)

Rocker, ¿se te averió la nave? hacía un toco que no se te leía por acá. Ya vi que actualizaste tu blog; después me doy una vuelta por ahí.
Yo sabía que vos eras uno de los que se iba a deleitar con este cuento.

Rodolfo, gracias a este post ya te demis el pié para que el amigo Kaban prosiga con sus aventuras llenas de misterio... si la mano de su creador así lo dispone.

¿El sábado 5 de setiembre te queda bien para la comida?

Corto Maltes dijo...

Bien amigo Peter, esta vez voy a ser yo el que deje el comentario del cuento para mañana porque ahora ya es tarde y no voy a poder leerlo. Como veraz no pude escribirte diciendo lo que pensaba postear (como habia quedado)siguiendo esta idea del aniversario porque en realidad ¡hasta ahora no habia podido dedicarme a pensar que postear! Por suerte lo resolví bastante rapido y creo que me salio algo como la gente jeje. Mañana me paso por aquí a dejar el comentario del cuento.
Un abrazo

Belerofonte dijo...

Sabado 5 OK!
Mande mail para arreglar horarios y eso.

Salute

andal13 dijo...

Estoy en deuda contigo y con este muchacho, Lovecraft, pero en tanto siga tan agobiada por el trabajo, reconozco la deuda, saludo y me voy.

Tengo que leerlo, ya sé, ya sé... me lo pierdo yo si no lo hago.

andal13 dijo...

Me tienen preocupada tu ausencia y tu mutismo... ¿Andás bien??

Peter Parker dijo...

Hola Andrea, muchas gracias por preguntar.

Estas últimas dos semanas he estado con muchas actividades (de toda índole) y ando bastante cansado. Por eso no he podido dedicarle a mi blog ni al de mis amigos bloggers, el tiempo necesario. Te pido a vos y a mis otros amigos, las disculpas del caso y en breve retornaré a la sintonía de siempre y con más Fuerza.

Un beso y seguimos en contacto.

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